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Arte y Meditación - Febrero 2018

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Duccio di Buoninsegna (Siena, 1255–1318 o 1319), El prendimiento de Cristo, 1308-1311 – oleo sobre madera, cm 50x76 – Siena, Museo dell’Opera del Duomo

Esta es una de las veintiséis escenas de la pasión de Cristo que -representada en catorce paneles- adornan la parte posterior del gran panel que en la fachada principal representa a la Virgen en el trono con el Niño venerado por ángeles y santos.

Según la narración evangélica, hay dos momentos que cabe destacar en el huerto de Getsemaní: la oración de Jesús que se convierte en agonía y su captura por los soldados después de que Judas lo traicione con un beso (cf. Mt 26,36-56). Duccio representó estos dos episodios en un solo panel dividido en dos; esta es la parte superior.

La escena está muy despojada de elementos naturalistas, sólo hay unas pocas plantas y muchas rocas. El pintor no está interesado en el escenario, porque su atención se encuentra enteramente en la escena que se representa. Los personajes principales aparecen en primer plano. Y entre ellos destaca Jesús, en el centro, que tiene a Judas a su derecha, que está a punto de darle el beso con el que lo traicionará y lo entregará a los judíos. A su alrededor y al fondo, casi como para animar la escena y hacerla más dramática, hay soldados y personas: es la "gran muchedumbre con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo" (v. 47) de la que nos hablan los Evangelios.

A la izquierda vemos a uno de los que están con Jesús que tiene un cuchillo en mano con el que golpea al siervo del sumo sacerdote, cortándole una oreja (cf. v. 51). Según el evangelista Juan, se trata de Pedro. Lo que nos impresiona de esta escena es el rojo brillante de la sangre que sale de la oreja cortada.

Finalmente, en el lado derecho de la escena hay un pequeño grupo que está saliendo de la escena. Es la representación plástica de la conclusión de la narración. Mateo, en efecto, nos dice que inmediatamente después de las últimas palabras de Jesús anunciando el cumplimiento de las Escrituras, "todos los discípulos, abandonándolo, huyeron" (cf. v. 56b).

En el pequeño espacio de esta pintura, el gran pintor pudo contar la historia del drama de la última noche de Jesús, un drama que dispersó a todos sus amigos y que, por lo tanto, podía parecer el fin de todo lo que había anunciado, enseñado y operado durante tres años.

Pero incluso en este momento extremo podemos ver en el rostro de Jesús una gran dignidad y serenidad, confiando que todo lo que está por suceder está en las manos del Padre: “¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz! Pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú.  Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, ¡hágase tu voluntad! "(Mt 26,39-42).